Acerca de la nación.
Acerca de la nación
Hace algunos años, en la clase de Teoría del Estado escuché decir a la doctora Arnaiz Amigo, que la “nación se formaba con un pueblo que compartía un pasado, un presente y que aspiraba a tener un futuro común”. Nunca olvidé esa definición, porque desde entonces me pareció, que a pesar de que en la escuela “nos han enseñado la historia de México”, realmente no teníamos un pasado común, quizá sólo habíamos intentado construirlo, inventarlo y tratado de encajar a la fuerza, las piezas de un rompecabezas.
Decía la doctora Arnaiz Amigo que “entre el mexicano del norte, el del centro y el del sur hay diferencias consustanciales. Y no sólo en su fisonomía sino en su idiosincrasia y peculiaridad[1].”
Si los romanos se inventaron que provenían de Rómulo y Remo y que habían sido amamantados por una loba, porqué nosotros no íbamos a crear el mito fundacional de que los aztecas provenientes de Aztlán encontraron el águila devorando una serpiente, señal inequívoca de que en ese lugar debían asentarse.
Quizá no compartimos un pasado común, quizá nos lo hemos inventado, pero qué pasa con el presente común. ¿Cómo construimos una idea de nación a partir de realidades sociales tan dispares? ¿Cómo construimos una idea de nación, si no compartimos una “identidad”? ¿Cómo creamos un mundo en el que quepan todos los mundos? Que me disculpe el género masculino si sólo hago alusión al femenino, pero sí que México es muchos “Méxicos” y estos también se perciben diferentes según el género.
No es lo mismo el mundo de la señora que con grandes esfuerzos junta dinero para construir su cuarto de cartón y lamina; el de aquella que dobla turno en la fábrica con tal de que le alcance para pagar su renta; el de la que todos los fines de semana saca su puesto de quesadillas, el de la que vive en la comunidad indígena, o en la ranchería lejos de la ciudad, o el de la que estudia; o el de las “mujeres que corren con lobos”[2] por alcanzar un reconocimiento, un ideal o una esperanza; que el mundo de María Asunción Aramburuzabala, Martha Sahagún de Fox, Elba Esther Gordillo, o el de las hijas de Slim, o Roberto Hernández, por mencionar sólo a algunas.
Mientras subsista la desigualdad social, no podremos construir un proyecto de nación. Retomando a Luhmnan y su teoría de los sistemas, no todo lo podemos resolver desde el subsistema Derecho. ¿De qué sirve que la Constitución diga que tenemos derechos si no los vemos materializados? ¿De qué sirve por ejemplo que la Ley Suprema señale que tenemos derecho a la vida digna o la vivienda, si hay niños viviendo en coladeras o gente viviendo bajo los puentes de la ciudad de México?
Me recuerdo siendo niña parada frente a una mesa llena de dulces, con una monedita en la palma de mi mano y preguntado con cierta zozobra el tendero: “para qué me alcanza con esto”; y casi siento lo mismo, cuando me pregunto para qué nos alcanza con el Derecho. ¿Para construir un proyecto de nación?
[1] Arnaiz, Amigo Aurora. Estructura del Estado. Miguel Ángel Porrúa, México, 3ª. Edición, 1997, pág. 65
[2] Título del libro de Pinkola, Estés Clarissa, Byblos, España, 2005. “Tanto los animales salvajes como la Mujer Salvaje son especies en peligro de extinción. En el transcurso del tiempo hemos presenciados cómo se ha saqueado, rechazado y reestructurado la naturaleza femenina instintiva… El título de este libro… procede de mis estudios de biología acerca de la fauna salvaje y de los lobos en particular. Los estudios de los lobos Canis lups y Canis rufus son como la historia de las mujeres, tanto en lo concerniente a su coraje como a sus fatigas. Los lobos sanos y las mujeres sanas comparten ciertas características psíquicas: una aguda percepción, un espíritu lúdico y una elevada capacidad de fecto.”








