Del "pene" y otras palabras
Del “pene” y otras palabras.
Malas palabras
Ximena Dahm andaba muy nerviosa, porque aquella mañana iba a iniciar su vida en la escuela. Corriendo iba de un espejo al otro, por toda la casa; y en uno de esos ires y venires, tropezó con un bolso y cayó desparramada al piso. No lloró, pero se enojó:
-¿Qué hace esta mierda acá? La madre educó:
-Mijita, eso no se dice. Y Ximena, desde el piso, quiso saber:
-¿Para qué existen, mamá, las palabras que no se dicen?
Eduardo Galeano (1940).
Para la abuela Estela, la palabra “pene” era simplemente impronunciable, tenía muchas formas de llamarlo menos por su nombre. A decir verdad, nunca entendí de dónde sacó la idea de que se trataba de una “mala palabra”.
Jamás la escuché decir una grosería, sólo en una ocasión presencié que acusó a una vecina de ser una “come santos – caga diablos”, pero eso fue todo.
En cambió, la abuela Cristina - que tenía la alegría del habla de Veracruz-, festejaba cada vez que uno de sus nietos pronunciaba un “chingao”.
Mi madre aprendió a decir “groserías” cuando una tarde le pedí que repitiera conmigo diez veces la palabra “puto” (experimentaba con perderle el miedo a las palabras); y así seguimos después con otras.
Mi padre sigue pensando que hay palabras que una mujer no debe decir y más si ha ido a la universidad.
Yo pienso que efectivamente hay palabras que deberíamos guardar y decir sólo cuando su significado coincide con las circunstancias en que las utilizamos. Me refiero a las palabras amor, lealtad, amistad, justicia, libertad, entre otras. Decir estas palabras indiscriminadamente, sí me parece una grosería.
P.D. La palabra “lavadora” me resultaba indiferente, excepto cuando Vicente Fox le agregó “de dos patas”.


